El Quehacer Político Internacional a través de la opinión///Carolina Alonso Romei///Paz a través de la fuerza: El rediseño del orden global bajo el sello de Estados Unidos
Por Carolina Alonso Romei
Internacionalista
La escena geopolítica que hoy enfrenta a Irán y Estados Unidos no puede entenderse como un episodio aislado, sino como el desenlace de años de tensiones acumuladas, estrategias fallidas y, más recientemente, de un giro deliberado hacia una política exterior basada en la disuasión clara. Lo que durante décadas fue un juego de ambigüedades diplomáticas, acuerdos incompletos y líneas rojas difusas, ha comenzado a transformarse bajo el liderazgo de Donald Trump en una doctrina que apuesta por la fuerza como instrumento para garantizar la paz.
Durante años, la comunidad internacional observó cómo Washington intentaba contener a Teherán mediante mecanismos multilaterales que, si bien buscaban frenar su programa nuclear, dejaban amplios márgenes de maniobra al régimen iraní. El ejemplo más evidente fue el acuerdo alcanzado durante la administración de Barack Obama, el cual, aunque celebrado por algunos sectores, fue criticado por otros al permitir que Irán mantuviera capacidades clave a largo plazo. En ese contexto, la percepción generalizada era que la diplomacia occidental estaba atrapada en una lógica de concesiones graduales frente a un actor que no necesariamente compartía los mismos incentivos.
El cambio de enfoque ha sido, por tanto, radical. La administración actual ha dejado de lado la ambigüedad para adoptar una postura de presión máxima acompañada de una presencia militar creíble. Esta estrategia no se basa únicamente en la confrontación, sino en la construcción de una narrativa clara: cualquier intento de desestabilización tendrá un costo inmediato y significativo. En ese sentido, la premisa de que la paz puede lograrse a través de la fuerza no es nueva en la historia de las relaciones internacionales, pero sí ha sido reintroducida con una contundencia que redefine las reglas del juego en Oriente Medio.
Uno de los primeros efectos tangibles de esta política se observa en el ámbito económico global. El Estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más críticas del planeta, ha sido durante décadas un punto de presión utilizado por Irán. Cada amenaza de cierre o maniobra militar en la zona generaba una reacción inmediata en los mercados energéticos, elevando los precios del petróleo y afectando a economías tanto desarrolladas como emergentes. La estabilización de este corredor marítimo, producto de una disuasión efectiva, tiene implicaciones directas en la vida cotidiana de millones de personas: desde el costo del transporte hasta el precio de bienes básicos.
Sin embargo, el impacto económico va más allá de la estabilidad energética. Un eventual escenario de distensión abre la puerta a la reintegración de Irán en la economía global. Con una población que supera los 80 millones de habitantes, el país representa un mercado significativo para sectores como la infraestructura, la tecnología, la aviación y la industria manufacturera. Empresas occidentales podrían encontrar en este contexto oportunidades de expansión que no solo generen beneficios corporativos, sino también empleos en sus países de origen. En esta lógica, la interdependencia económica se convierte en un mecanismo de estabilidad más eficaz que cualquier acuerdo puramente político: los países que comercian intensamente entre sí tienen menos incentivos para entrar en conflicto.
En el terreno de la seguridad internacional, las implicaciones son aún más profundas. Irán ha sido señalado durante años como un actor clave en el financiamiento y apoyo de grupos armados en distintas partes de Oriente Medio. La reducción de su capacidad para proyectar influencia a través de estos actores no estatales podría transformar significativamente el equilibrio de poder en la región. Países como Líbano, Yemen e Irak han sido escenarios de conflictos prolongados en los que la intervención indirecta ha jugado un papel determinante. Limitar esa intervención no solo reduce la violencia, sino que también abre espacios para soluciones políticas internas más sostenibles.
Este cambio también tiene consecuencias directas para la presencia militar estadounidense en la región. La posibilidad de reducir el número de tropas desplegadas en conflictos prolongados responde a una de las principales demandas de la opinión pública en Estados Unidos: poner fin a las llamadas “guerras interminables”. En este sentido, la estrategia de presión y disuasión busca precisamente evitar la necesidad de intervenciones militares a gran escala, sustituyéndolas por un equilibrio de poder que desincentive el conflicto abierto.
En paralelo, el impacto geopolítico de un eventual acuerdo bajo estos términos reconfiguraría alianzas y dinámicas regionales. Israel, tradicional aliado de Washington, vería reducida una de sus principales amenazas estratégicas. Esto podría facilitar la expansión de iniciativas como los Acuerdos de Abraham, que han buscado normalizar las relaciones entre Israel y varios países árabes. La consolidación de este proceso no solo tendría implicaciones políticas, sino también económicas, al fomentar la cooperación en áreas como tecnología, energía y comercio. Por su parte, potencias regionales como Arabia Saudita podrían redirigir recursos actualmente destinados a defensa hacia proyectos de desarrollo económico. Este cambio de prioridades contribuiría a transformar la percepción de Oriente Medio, pasando de ser una región asociada principalmente con conflictos a convertirse en un polo de crecimiento e innovación.
No menos relevante es el impacto en la competencia entre grandes potencias. China y Rusia han aprovechado históricamente las tensiones entre Washington y Teherán para ampliar su influencia en la región. Un acuerdo que acerque a Irán a la órbita económica occidental limitaría ese margen de maniobra, reforzando la posición de Estados Unidos como actor dominante en el sistema internacional. En un contexto de creciente rivalidad global, este tipo de movimientos estratégicos adquiere una relevancia aún mayor.
Desde una perspectiva interna, el impacto en la sociedad iraní también podría ser significativo. La población joven, altamente conectada y con aspiraciones de mayor apertura, representa un motor potencial de cambio. La mejora de las condiciones económicas, derivada de una mayor integración internacional, podría debilitar las estructuras más rígidas del sistema político y fomentar una evolución gradual hacia modelos más abiertos. Aunque este proceso no sería inmediato ni exento de tensiones, la historia reciente demuestra que la prosperidad económica suele ir acompañada de demandas sociales más amplias.
En el plano de la percepción internacional, un desenlace exitoso de esta estrategia tendría implicaciones importantes para la imagen de Estados Unidos. La narrativa de un país capaz de imponer condiciones sin recurrir a conflictos a gran escala reforzaría la idea de un liderazgo basado en la combinación de fuerza y pragmatismo. Críticos del enfoque actual, que lo califican de impredecible o excesivamente confrontacional, se verían obligados a reconsiderar sus posiciones ante resultados concretos.
No obstante, es importante reconocer que este escenario no está exento de riesgos. La dependencia de una estrategia basada en la presión constante implica la necesidad de mantener un equilibrio delicado: suficiente firmeza para disuadir, pero sin cruzar el umbral que podría desencadenar un conflicto abierto. La historia de las relaciones internacionales está llena de ejemplos en los que errores de cálculo han tenido consecuencias devastadoras. Por ello, la implementación de esta doctrina requiere no solo determinación, sino también una gestión cuidadosa de los tiempos y las señales.
El aspecto más crítico de este proceso sigue siendo, sin duda, el programa nuclear iraní. La posibilidad de limitar de manera efectiva las capacidades de enriquecimiento de uranio y establecer mecanismos de inspección robustos es un objetivo central para la seguridad global. La eliminación del riesgo de proliferación nuclear en una región ya de por sí volátil representaría uno de los mayores logros en materia de política internacional en las últimas décadas. Más allá de las implicaciones estratégicas, se trata de una cuestión profundamente humana: reducir la probabilidad de un conflicto de consecuencias catastróficas.
En última instancia, lo que está en juego no es simplemente un acuerdo bilateral, sino la redefinición de cómo se construye el orden internacional en el siglo XXI. La idea de que la paz puede ser el resultado de una posición de fuerza, respaldada por una estrategia coherente y objetivos claros, desafía las aproximaciones más tradicionales basadas exclusivamente en el consenso y la negociación. Este cambio de paradigma, impulsado desde Washington, podría sentar precedentes que trasciendan el caso específico de Irán.
A medida que el mundo observa el desarrollo de estos acontecimientos, la pregunta central no es solo si esta estrategia tendrá éxito, sino qué tipo de orden global emergerá de ella. Si los resultados son los esperados, podríamos estar ante un modelo en el que la disuasión efectiva, combinada con incentivos económicos, se convierta en la herramienta principal para gestionar conflictos internacionales. Un modelo que, en lugar de eliminar las tensiones inherentes al sistema global, busca encauzarlas hacia resultados más estables y previsibles.
En resumen, lo que se está gestando hoy en día no es solo un tratado de paz más. Es el rediseño del mundo bajo la visión de un Estados Unidos que no pide permiso para ser grande, consolidando el poder, la seguridad y la paz en el mundo entero. El escenario internacional que nos espera si esto se concreta es uno de prosperidad, donde el comercio reemplaza a las bombas y donde la fuerza de un líder decidido logra lo que otros solo pudieron soñar. La paz está cerca, y lleva el sello de “Hecho en Estados Unidos”.
