El Quehacer Político Internacional a través de la opinión///Carolina Alonso Romei///El regreso de la diplomacia selectiva: aliadosprioritarios en la era Trump 2.0
Por Carolina Alonso Romei
Internacionalista
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha traído consigo una forma de hacer política exterior mucho más directa, personalizada y abiertamente transaccional. Fiel a su estilo, el mandatario ha optado por reducir los espacios multilaterales tradicionales y privilegiar encuentros selectivos donde la afinidad ideológica y la lealtad política pesan más que los equilibrios diplomáticos clásicos. Su próxima gran cita será el 7 de marzo de 2026 en Miami, específicamente en el hotel Trump National Doral, un lugar que no solo es emblemático dentro de su universo empresarial, sino que también simboliza esa diplomacia “en casa” que le permite controlar tanto el mensaje como la escenografía. No se trata de una cumbre regional cualquiera, sino del primer encuentro de alto nivel con líderes latinoamericanos en su segundo mandato, y todo indica que su objetivo es marcar una línea clara sobre quiénes son los aliados prioritarios de Estados Unidos en la región.
La elección de Miami tampoco es casual. La ciudad se ha consolidado como el epicentro político, financiero y cultural del vínculo entre Estados Unidos y América Latina. Allí confluyen capitales, diásporas influyentes y redes empresariales que articulan buena parte de los negocios hemisféricos. Además, Florida sigue siendo un estado clave en la política interna estadounidense, donde el voto latino —especialmente el de comunidades cubanas, venezolanas y colombianas— ha mostrado una creciente inclinación hacia posiciones conservadoras. Al organizar la reunión en su propio hotel, Trump no solo refuerza su estilo personalista, sino que envía una señal simbólica: la relación con América Latina pasa por su liderazgo directo, sin intermediarios incómodos ni protocolos excesivos.
Los invitados han sido seleccionados con extremo cuidado, priorizando afinidad ideológica y alineamiento con la agenda de Washington. En la lista figuran el argentino Javier Milei, el salvadoreño Nayib Bukele, el paraguayo Santiago Peña, el ecuatoriano Daniel Noboa, el boliviano Rodrigo Paz y el hondureño Nasry Asfura. Es un grupo heterogéneo en términos económicos, pero con coincidencias claras en su visión de orden, mercado y seguridad. Algunos promueven reformas de libre mercado profundas; otros han construido su legitimidad en torno a políticas de mano dura contra el crimen organizado. En todos los casos, comparten una narrativa que enfatiza la soberanía nacional frente a proyectos de integración ideológica de izquierda y una relación pragmática —cuando no estratégica— con Washington.
Las ausencias son tan elocuentes como las presencias. No están invitados el colombiano Gustavo Petro ni la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum. Tampoco figura Brasil, pese a su peso regional. Esta exclusión confirma que Trump prefiere consolidar primero un bloque compacto de aliados ideológicamente afines antes que sentarse a negociar con gobiernos que sostienen posturas divergentes en temas clave como cambio climático, regulación económica o relaciones con China. En lugar de buscar consensos amplios, la estrategia parece orientada a construir un núcleo duro de cooperación política que funcione como contrapeso a los gobiernos progresistas del continente.
La ausencia de México es, sin duda, el dato más significativo. Se trata del vecino inmediato, el principal socio comercial de Estados Unidos y el país con el que comparte una frontera de más de 3,000 kilómetros. Que no esté invitado envía una señal de distanciamiento deliberado. Para Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, México ha pasado de ser un “socio estratégico” a un “socio no alineado”. Las tensiones acumuladas durante 2025 explican buena parte de esta redefinición: la negativa de Sheinbaum a aceptar propuestas de intervención militar directa contra los cárteles, las disputas comerciales derivadas de aranceles del 25% impuestos por Washington y la creciente relación económica de México con China en sectores como infraestructura y manufactura tecnológica.
Al dejar fuera a México, la Casa Blanca envía un mensaje pedagógico al resto del continente: la proximidad geográfica ya no garantiza un asiento en la mesa si no existe alineamiento político. Esta postura introduce un elemento de incertidumbre en la revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadáprevista para julio de 2026. Si la relación bilateral se vuelve más ideológica que técnica, las negociaciones comerciales podrían adoptar un tono mucho más duro y transaccional. México, cuya economía depende en gran medida del acceso preferencial al mercado estadounidense, se enfrenta así a un escenario de mayor vulnerabilidad estratégica.
El eje central de la reunión será, previsiblemente, la contención de la influencia china en América Latina. Desde hace más de una década, el capital proveniente de Beijing ha ganado terreno en sectores estratégicos como minería, energía, telecomunicaciones y puertos. Para Washington, esta expansión no es solo económica, sino geopolítica. Trump buscará compromisos explícitos para limitar acuerdos con empresas estatales chinas, ofreciendo a cambio inversiones estadounidenses, acceso preferencial a mercados y cooperación en seguridad. En términos conceptuales, la iniciativa recuerda una reinterpretación contemporánea de la James Monroe, adaptada al siglo XXI bajo la premisa de que el hemisferio occidental debe permanecer libre de influencias consideradas hostiles.
Sin embargo, esta estrategia plantea dilemas complejos para los países invitados. China es hoy uno de los principales socios comerciales de varias economías sudamericanas y un financista clave de proyectos de infraestructura. Romper o limitar esos vínculos puede tener costos inmediatos en inversión y crecimiento. La apuesta por una alineación exclusiva con Washington implica confiar en que Estados Unidos compensará esas pérdidas con capital y acceso comercial suficientes. La historia reciente muestra que ese tipo de promesas no siempre se materializan con la rapidez o magnitud esperadas.
La agenda también incluirá seguridad y migración. Trump buscará que estos gobiernos refuercen sus controles fronterizos y cooperen activamente para frenar los flujos migratorios antes de que lleguen a territorio estadounidense. La idea es consolidar una red de “primeras barreras” que reduzca la presión en la frontera sur de Estados Unidos. En paralelo, se discutirá cooperación en inteligencia y combate al narcotráfico, con un enfoque más agresivo que en administraciones anteriores. Esta dimensión refuerza la lógica de recompensas y castigos: mayor asistencia para quienes colaboren activamente; mayor presión para quienes se resistan.
El contexto regional añade otra capa de complejidad. La reciente captura de Nicolás Maduro y el proceso de transición en Venezuela han reconfigurado el equilibrio sudamericano. Trump pretende utilizar la cumbre como plataforma para consolidar un nuevo orden en Caracas alineado con sus intereses, premiando a los gobiernos que respaldaron activamente el cambio político. Este movimiento no solo busca estabilidad en Venezuela, sino también enviar un mensaje claro a otros actores regionales sobre las consecuencias de desafiar la influencia estadounidense.
En términos económicos, la cumbre ofrece oportunidades y riesgos. Para los países asistentes, el respaldo político de Washington puede traducirse en mayor confianza de inversionistas y acceso a financiamiento. Pero al mismo tiempo, una alineación demasiado explícita podría tensar sus relaciones con socios alternativos y generar divisiones internas. En sociedades políticamente polarizadas, la percepción de subordinación a una potencia extranjera puede convertirse en un costo doméstico significativo.
En definitiva, la cita del 7 de marzo en Miami marca el inicio de una etapa caracterizada por presión selectiva y recompensas estratégicas. Trump deja claro que, en su concepción del hemisferio, no hay espacio para la neutralidad prolongada. Los gobiernos invitados deberán decidir si están dispuestos a apostar por una alianza prioritaria con Washington, asumiendo los riesgos que ello implica. Mientras tanto, potencias regionales como México, Brasil y Colombia quedan al margen de este primer círculo, obligadas a redefinir su estrategia frente a una Casa Blanca más rígida, ideológica e impredecible.
Después de este encuentro, el mapa de influencias en América Latina podría fragmentarse aún más. Un núcleo de gobiernos “leales” operaría bajo el paraguas político de Washington, mientras otros buscarían equilibrar relaciones entre Estados Unidos, China y actores extra hemisféricos. La región, históricamente atravesada por tensiones entre autonomía y dependencia, entra así en una nueva fase de competencia geopolítica abierta. Lo que está en juego no es solo la orientación económica de los próximos años, sino la arquitectura misma del poder hemisférico en un contexto global cada vez más polarizado.
