El Quehacer Político Internacional a través de la opinión de Carolina Alonso Romei///Canadá entre Washington y Bruselas: el nuevo pulso de Trump
Por Carolina Alonso Romei
Internacionalista
La reacción de Donald Trump ante la posibilidad de que Canadá profundice su relación con la Unión Europea ha puesto sobre la mesa una disputa que va mucho más allá de los aranceles o del comercio. Lo que realmente está en juego es la relación de poder entre Washington y Ottawa y, con ella, el futuro de una alianza que durante décadas pareció tan sólida que pocos imaginaban que Canadá pudiera buscar un contrapeso fuera de América del Norte. Cuando Trump calificó de “ridícula” la posibilidad de que Canadá establezca una relación de membresía asociada con la Unión Europea y advirtió que podría considerar esa iniciativa un “acto hostil”, dejó claro que para Estados Unidos el acercamiento canadiense a Europa no es un asunto lejano ni puramente diplomático. Es una señal de que Ottawa está comenzando a mirar hacia otros espacios y de que Washington no está dispuesto a contemplarlo con indiferencia.
La propuesta europea surgió de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, quien planteó la posibilidad de crear una fórmula inédita para que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” de la Unión Europea. No se trata de incorporar a Canadá como miembro pleno del bloque, algo que además no está contemplado por los tratados europeos, sino de establecer una relación especial que permita una cooperación mucho más profunda en áreas como comercio, defensa, energía, tecnología, inteligencia artificial y minerales estratégicos. El primer ministro canadiense, Mark Carney, recibió favorablemente la iniciativa y la presentó como parte de una estrategia para ampliar las opciones de su país en un momento en que la relación con Washington atraviesa una etapa de tensión.
Y aquí comienza a entenderse la preocupación de Trump. Canadá no está diciendo que quiera abandonar Estados Unidos. Tampoco podría hacerlo con facilidad. Su economía está profundamente integrada con la estadounidense, sus cadenas de producción atraviesan la frontera todos los días y su seguridad depende en buena medida de la cooperación militar con Washington. La geografía seguirá imponiendo una realidad que ningún tratado europeo puede modificar. Lo que Ottawa está intentando hacer es diferente: reducir la dependencia que durante décadas hizo de Estados Unidos el centro casi inevitable de su política económica y estratégica.
Ese cambio no comenzó con la propuesta de Bruselas, pero la política de Trump lo ha acelerado. Las amenazas arancelarias, las disputas comerciales y las referencias del presidente estadounidense a Canadá como un posible “estado 51” han alterado una relación que históricamente se había apoyado en la cercanía entre ambos países. Para Ottawa, la respuesta lógica ha sido buscar alternativas. Si Estados Unidos puede utilizar su enorme peso económico para presionar a Canadá, Canadá necesita disponer de otros mercados y otros socios. En esa lógica, Europa adquiere un valor que no tenía hace algunos años.
La paradoja es que la presión estadounidense puede estar impulsando precisamente el proceso que Washington quiere evitar. Cada vez que Ottawa percibe que su acceso al mercado estadounidense puede convertirse en una herramienta de presión política, aumenta el interés por diversificar sus relaciones. Europa aparece entonces no como un sustituto de Estados Unidos, sino como una especie de seguro estratégico. Canadá puede seguir vendiendo a Estados Unidos, mantener sus acuerdos de defensa y continuar formando parte de las estructuras de seguridad norteamericanas, pero al mismo tiempo desarrollar mercados, inversiones y alianzas en Europa que reduzcan el impacto de cualquier futura confrontación con Washington.
Para Trump, el problema está justamente en esa reducción de dependencia. La influencia de Estados Unidos sobre Canadá no proviene únicamente de la proximidad geográfica o de los vínculos históricos. También proviene del enorme peso del mercado estadounidense. Si Ottawa consigue ampliar significativamente sus opciones comerciales, tecnológicas y estratégicas, la capacidad de Washington para utilizar ese peso como instrumento de negociación disminuye. La discusión deja entonces de ser sobre si Canadá puede tener buenas relaciones con Europa —algo que Estados Unidos difícilmente podría cuestionar en sí mismo— y pasa a ser sobre cuánto margen de autonomía está dispuesto a permitir Washington a su vecino.
La respuesta de Trump muestra que ese margen puede convertirse en uno de los grandes puntos de tensión de la política norteamericana. Su advertencia de que una decisión europea considerada hostil podría provocar nuevos aranceles contra la Unión Europea demuestra que Washington está dispuesto a vincular directamente la relación Canadá-Europa con sus propios intereses. Es una manera de recordar a Bruselas que cualquier intento de aumentar su presencia estratégica en Canadá tendrá que considerar también la reacción estadounidense.
Europa, sin embargo, tiene motivos para avanzar. Canadá ofrece recursos naturales, minerales críticos, energía, tecnología y capacidades industriales que resultan cada vez más importantes para una Unión Europea que intenta reducir determinadas dependencias externas. La competencia tecnológica con China, la necesidad de asegurar cadenas de suministro y la creciente importancia de los minerales necesarios para nuevas industrias han cambiado el valor estratégico de países como Canadá. Ya no se trata únicamente de quién compra y quién vende. Se trata de quién controla los recursos, las tecnologías y las cadenas de producción que serán fundamentales para la próxima década.
El Ártico añade todavía más peso a esta relación. Canadá ocupa una posición privilegiada en una región que ha adquirido una importancia creciente por razones militares, económicas y energéticas. Rusia mantiene intereses estratégicos en el norte y China ha incrementado su atención sobre las rutas y recursos del Ártico. Para Europa, estrechar la relación con Canadá puede significar también una mayor presencia indirecta en una zona que será cada vez más relevante para la seguridad occidental. Para Ottawa, contar con un mayor respaldo europeo puede convertirse en una ventaja mientras aumenta la competencia por el control y los recursos del extremo norte.
Por eso, la propuesta de una relación especial entre Canadá y la Unión Europea tiene una dimensión que va mucho más allá de la idea de abrir nuevos mercados. Es también una forma de construir una red de seguridad política y económica alrededor de Canadá. Ottawa ya tiene un acuerdo de libre comercio con Europa mediante CETA y ha profundizado su cooperación en defensa. Lo que Carney parece buscar ahora es convertir esa relación existente en una asociación estratégica más amplia.
El proyecto, sin embargo, enfrenta obstáculos importantes. La Unión Europea no cuenta actualmente con una categoría general de “miembro asociado” como la propuesta para Canadá. Los tratados europeos establecen condiciones específicas para la adhesión y están pensados para Estados europeos. Por ello, cualquier fórmula especial tendría que ser negociada cuidadosamente por los países miembros y definir qué derechos y obligaciones tendría Canadá. No existe, por tanto, un camino inmediato hacia una especie de integración canadiense en Europa. Lo que sí existe es una voluntad política de explorar una relación nueva.
Y esa voluntad es precisamente lo que importa.Aunque la propuesta no llegue a materializarse en los términos actuales, ya ha conseguido cambiar la conversación. Durante décadas, la pregunta era cuánto necesitaba Canadá a Estados Unidos. Ahora comienza a plantearse otra: ¿cómo puede Canadá reducir esa dependencia sin romper la relación que inevitablemente seguirá teniendo con Washington?
La respuesta de Ottawa parece estar en la diversificación. No se trata de escoger entre Estados Unidos y Europa, sino de evitar que una sola potencia tenga capacidad suficiente para condicionar las decisiones canadienses. Es una estrategia que tiene sentido desde la perspectiva de un país que comparte una frontera enorme con la mayor economía del mundo, pero que también quiere preservar capacidad de decisión propia.
Para Washington, en cambio, esa autonomía puede tener un costo estratégico. Estados Unidos ha disfrutado durante décadas de una posición privilegiada en América del Norte. Canadá ha sido un aliado cercano, un socio económico fundamental y una pieza central de la defensa continental. Una relación canadiense mucho más estrecha con Europa no destruiría esa estructura, pero sí podría modificarla. Canadá tendría más opciones y Washington tendría que negociar con un socio menos dependiente.
La diferencia puede parecer pequeña, pero en política internacional las diferencias de dependencia suelen traducirse en diferencias de poder. Ahí está la verdadera dimensión de la reacción de Trump. No parece tratarse simplemente de una preocupación por la Unión Europea, sino de una defensa de la posición estadounidense en América del Norte. Una Canadá que mira hacia Europa no deja de ser Canadá, ni deja de ser un vecino de Estados Unidos. Pero sí puede convertirse en un vecino con más alternativas, y por tanto en un país más difícil de presionar.
La situación también obliga a Europa a caminar con cuidado. Bruselas puede estar interesada en fortalecer sus vínculos con Canadá, pero no puede ignorar que Estados Unidos sigue siendo un aliado fundamental para la seguridad europea y que cualquier choque provocado por una iniciativa canadiense podría tener consecuencias en otras áreas de la relación transatlántica. Europa tendrá que equilibrar su deseo de acercarse a Ottawa con la necesidad de evitar que ese acercamiento sea interpretado como un intento de desplazar a Estados Unidos.
Canadá se encuentra, por tanto, en una posición delicada. Necesita a Estados Unidos, pero quiere depender menos de él. Quiere acercarse a Europa, pero no puede trasladar hacia el otro lado del Atlántico las relaciones económicas que ha construido durante generaciones. Quiere mayor autonomía, pero sin romper las estructuras de seguridad norteamericanas de las que sigue formando parte.
Eso explica por qué el concepto de “miembro asociado” resulta políticamente atractivo. Permitiría a Canadá profundizar su relación con Europa sin pretender convertirse en un país europeo. Sería una fórmula diseñada precisamente para un mundo en el que las alianzas ya no tienen que ser exclusivas. Un país puede pertenecer a un espacio económico y militar y, al mismo tiempo, construir relaciones estratégicas con otro.
La cuestión es si Washington aceptará esa nueva realidad. Trump ha demostrado que prefiere una relación con Canadá basada en términos que considera más favorables para Estados Unidos. Carney, por el contrario, parece estar intentando utilizar la presión estadounidense como incentivo para construir una política exterior menos dependiente. Entre ambas posiciones existe un choque de intereses que no desaparecerá simplemente porque Canadá mantenga buenas relaciones con Washington.
De hecho, podría intensificarse. Si Estados Unidos reduce las tensiones comerciales y ofrece a Canadá condiciones estables, Ottawa tendrá menos incentivos para acelerar su acercamiento a Europa. Pero si la relación continúa marcada por amenazas arancelarias y disputas políticas, Europa puede convertirse progresivamente en una pieza más importante de la estrategia canadiense. En ese escenario, el mayor riesgo para Washington sería que la presión produzca el efecto contrario al esperado. Una política destinada a recordar a Canadá su dependencia puede terminar convenciendo a los canadienses de que necesitan reducirla. Y eso cambiaría el equilibrio.
Pero la política internacional no cambia solamente mediante grandes tratados. A veces cambia cuando un país comienza a construir alternativas que antes consideraba innecesarias. Eso es lo que está ocurriendo con Canadá. La propuesta europea ha puesto nombre a una transformación que ya estaba en marcha. Ottawa quiere conservar su relación con Estados Unidos, pero también quiere tener una puerta abierta hacia Europa. Bruselas quiere aprovechar esa oportunidad porque ve en Canadá un socio con recursos, tecnología y una posición estratégica cada vez más importante. Y Trump ha respondido dejando claro que Estados Unidos considera que esa puerta no puede abrirse sin tener en cuenta los intereses de Washington.
La disputa, por tanto, no es realmente sobre si Canadá puede entrar en Europa. La cuestión es quién tendrá mayor capacidad para influir sobre el rumbo internacional de Canadá. Durante mucho tiempo, la respuesta parecía obvia. Hoy ya no lo es tanto.
Canadá sigue siendo profundamente norteamericano, pero empieza a comportarse como una potencia media que quiere diversificar sus alianzas. Europa está dispuesta a recibirlo con los brazos abiertos porque también necesita nuevos socios. Y Estados Unidos observa el movimiento como una posible pérdida de influencia en un territorio que históricamente ha considerado parte esencial de su esfera estratégica.
El análisis de la respuesta de Trump revela que el verdadero temor de una parte de la clase política estadounidense no es que Canadá deje de ser un socio valioso, sino el precedente histórico que se sentaría. Si un país vecino, estable y próspero concluye que la mejor manera de asegurar su futuro económico y político es vincularse formalmente con un bloque transatlántico en lugar de subordinarse a los dictados de Washington, se pondría en evidencia el desgaste del liderazgo estadounidense en su propia área de influencia inmediata. Para un líder que ha basado toda su carrera en proyectar fortaleza y dominio, esa percepción de pérdida de control sería insoportable, lo que explicaría el tono feroz y la contundencia de las medidas preventivas que desplegaría para aplastar la idea desde su nacimiento.
La estrategia de Trump ante la posibilidad de un Canadá europeo combinaría el aislamiento diplomático, la coacción económica implacable y un uso incendiario del discurso público. No se trataría de un debate pausado sobre aranceles o normas regulatorias, sino de una batalla política campal por el destino estratégico de Norteamérica. En el centro de esta tormenta estarían las decisiones de los ciudadanos y líderes canadienses, atrapados entre la realidad ineludible de su geografía inmediata y el deseo de construir alianzas que protejan sus valores frente a los vaivenes políticos de una potencia vecina cada vez más impredecible y nacionalista.
A medida que el mundo avanza hacia una era de mayor rivalidad y formación de grandes bloques de poder, la postura de Donald Trump frente a este hipotético giro canadiense sirve como un lente perfecto para observar el futuro del liderazgo político internacional. Su rechazo absoluto a la idea no es simplemente un rasgo de su personalidad impulsiva, sino la aplicación lógica y rigurosa de una visión donde las relaciones entre países se rigen exclusivamente por el poder, la conveniencia inmediata y el rechazo a cualquier norma supranacional. En última instancia, el firme rechazo de Trump dejaría claro que, mientras él conserve influencia decisiva en el escenario político, cualquier intento de alterar la hegemonía estadounidense en Norteamérica enfrentará una resistencia feroz, transformando un lejano debate diplomático en una de las crisis geopolíticas más complejas del siglo.
