El Quehacer Político a través///Jose Alberto Prado Angeles///LA FARSA DE CULIACÁN
Por José Alberto Prado Angeles
Director General y Editor
La renuncia, el regreso y la renuncia de Rubén Rocha Moya no es una anécdota sinaloense. Es la radiografía del poder en Morena y el síntoma más claro de la crisis que ya no puede esconder la Cuarta Transformación.
Recordemos los hechos en orden, porque importan:
1 de mayo de 2026: Rocha Moya pide licencia temporal al Congreso de Sinaloa para que la Fiscalía General lo investigue, después de que Estados Unidos presentara señalamientos por presuntos delitos de tráfico de drogas y armas en beneficio de “Los Chapitos”, facción del Cártel de Sinaloa. La oposición ya exigía su renuncia inmediata ante una solicitud de extradición emitida por EE.UU.. 
21 de agosto de 2026: Tras 112 días fuera, reaparece. Anuncia que retoma formalmente sus funciones como gobernador constitucional, asegura que no cometió ningún delito y que la FGR no encontró nada contra él. 
22 de agosto de 2026: Menos de 24 horas después, da marcha atrás. Vuelve a pedir licencia indefinida. “Sinaloa, la nación y el movimiento de transformación están por encima de todo”, dice. En la versión más cruda de Reuters: un gobernador acusado de narco por EE.UU. vuelve a pedir licencia tras las críticas por volver al cargo en un gesto desafiante. 
¿Por qué ese regreso exprés? Porque fue una prueba. Y la prueba fracasó.
1. La consecuencia para Morena: el fin de la impunidad selectiva
Morena construyó su hegemonía bajo la premisa moral: “no somos iguales”. Rocha rompe esa ficción. Su caso ya no es defendible como “golpeteo mediático”. Es un gobernador señalado por EE.UU. por narcotráfico, que tuvo que irse, que intentó regresar por la puerta de atrás, y que fue frenado no por la oposición, sino por su propia presidenta. 
El daño es doble. Hacia afuera, confirma que el partido toleró hasta lo intolerable en Sinaloa. Hacia adentro, manda un mensaje brutal a los gobernadores: nadie tiene seguro su cargo si se convierte en pasivo electoral. La disciplina que antes garantizaba AMLO con un abrazo, hoy la impone Sheinbaum con el costo político.
Morena entra así en una fase inédita: la purga ya no es opcional. Si no hay un deslinde real con personajes bajo sospecha, el caso Rocha será el Ayotzinapa de este sexenio: la mancha que no se borra.
2. La consecuencia para Andy López Beltrán y para AMLO
Aquí está el núcleo. Rocha Moya no es un gobernador cualquiera. Es del primer círculo del obradorismo. Fue el gobernador al que AMLO defendió hasta el final: “descarta renunciar tras las acusaciones de Estados Unidos de vínculos con el narco”. 
Y es operador clave del grupo que hoy controla Morena: el de Andrés Manuel López Beltrán.
Andy ha construido su poder como secretario de Organización de Morena a partir de lealtades territoriales. Sinaloa era una de ellas. La caída de Rocha es, por extensión, la primera derrota pública del andysmo. Demuestra que su red de protección no puede contra una acusación internacional y contra Los Pinos —ahora Palacio Nacional— cuando decide soltarle la mano.
Para Andrés Manuel López Obrador, el golpe es histórico y personal. Por primera vez, su palabra ya no alcanza para sostener a un aliado. Su narrativa de “todo es un complot de EE.UU.” chocó con la necesidad de Sheinbaum de dar “señales contra la impunidad”, especialmente en la misma semana que el escándalo de la Marina y el huachicol fiscal. El padre fundador ve cómo su sucesora corrige, en público, lo que él se negó a corregir. El obradorismo ya no es monolítico: hay un antes y un después de Sinaloa. 
3. Lo que se le viene encima a Claudia Sheinbaum y a la política mexicana
La presidenta hizo lo correcto, pero tarde y a empujones. Según El País, Rocha pide licencia un día después de volver al cargo tras la desaprobación de Sheinbaum. Eso significa que el regreso no estaba consensuado con ella. Alguien se le adelantó. Tuvo que desautorizarlo. 
Esa es la buena noticia para Sheinbaum: mostró autonomía y colmillo. La mala noticia es que exhibió que no controla del todo a Morena. Si un gobernador acusado por EE.UU. puede regresar por su cuenta un viernes, ¿quién más puede hacerlo?
Lo que viene es una tormenta perfecta:
a) La presión de Washington. EE.UU. ya no acusa a capos, acusa a gobernadores en funciones. La carpeta de Rocha es la punta de lanza. Vendrán más.
b) La sucesión de 2027. Con Sinaloa acéfalo —más de 30 días sin gobernador ya generaban “incertidumbre”—, Morena tendrá que decidir si impone un interino de continuidad o si rompe con el rochismo. Cualquier opción divide al partido en el estado más violento del país. 
c) La prueba del Estado. México no puede darse el lujo de tener estados donde el gobernador entra y sale como si fuera un trámite administrativo mientras el cártel gobierna. La farsa de las 24 horas de Rocha deja claro que la crisis de Sinaloa no es de gobernabilidad, es de legitimidad.
Rocha Moya creyó que podía renunciar para lavarse la cara, regresar para demostrar poder y renunciar de nuevo para fingir sacrificio. Lo que logró fue demostrar que el ciclo de protección política se acabó.
Morena ya no puede gobernar Sinaloa como si fuera un bastión. Ahora tiene que reconquistarlo. Y Sheinbaum ya no puede gobernar México cargando con los muertos políticos de su antecesor. Tiene que enterrarlos.
Así el Quehacer Político Desde 1980, 46 años inquiriendo en la política de México, cuestionando, exponiendo, revelando y razonando.Es cuanto.
