2 septiembre, 2026

El Quehacer Político Internacional a través de la opinión de Carolina Alonso Romei///Guiño a Kim, castigo a Seúl: El sorpresivo giro militar de Donald Trump en Asia

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Por Carolina Alonso Romei

Internacionalista

La península coreana vuelve a convertirse en uno de los escenarios más delicados de la política exterior de Donald Trump. Pero esta vez, el movimiento de Washington no se explica únicamente por la amenaza de Corea del Norte. La decisión de reducir drásticamente la participación estadounidense en los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur revela algo mucho más profundo: una transformación de la relación de Washington con sus aliados asiáticos y una renovada apuesta por la diplomacia personal con Kim Jong-un.

El anuncio, producido en vísperas del inicio de las maniobras anuales Ulchi Freedom Shield, representa un giro significativo en la arquitectura de seguridad del este de Asia. Por un lado, Trump vuelve a enviar señales de acercamiento al régimen de Pyongyang, apelando a la relación personal que ha construido con su líder. Por otro, utiliza el peso de la alianza militar estadounidense como instrumento de presión sobre Seúl, al reprocharle su falta de respaldo a la estrategia de Washington frente a Irán.

No se trata, por tanto, de un simple ajuste operativo. La decisión contiene un mensaje político: para la actual Casa Blanca, las alianzas tradicionales parecen estar cada vez más condicionadas por la reciprocidad que Washington espera obtener de sus socios.

Trump ha dejado claro que su rechazo a mantener el despliegue estadounidense en ejercicios destinados a disuadir a Corea del Norte no responde exclusivamente a consideraciones presupuestarias. El presidente ha invocado su relación con Kim Jong-un y ha cuestionado la utilidad de realizar grandes maniobras militares frente a un líder con el que considera haber construido un entendimiento personal. Desde su perspectiva, la realización de ejercicios militares de gran escala a escasa distancia de la frontera norcoreana puede ser interpretada como una provocación innecesaria. La lógica es conocida: reducir la presión militar podría facilitar la reapertura de un canal directo con Pyongyang y crear las condiciones para una nueva negociación.

Pero el mensaje tiene un segundo destinatario. La reducción del compromiso militar estadounidense también constituye una reprimenda a Corea del Sur. Trump ha expresado su malestar con Seúl por lo que considera una colaboración insuficiente con Washington en el escenario de Medio Oriente, particularmente en relación con la presión sobre Irán. De esta manera, la presencia militar estadounidense deja de ser únicamente un mecanismo de disuasión frente a Corea del Norte y se convierte también en una herramienta de negociación dentro de la relación bilateral con Corea del Sur. Es precisamente esta dimensión la que ha generado mayor inquietud en Seúl.

La orden presidencial tomó por sorpresa a las estructuras militares de ambos países cuando ya estaba prácticamente todo preparado para diez días de maniobras combinadas. Ulchi Freedom Shield contemplaba originalmente la participación de alrededor de 18.000 efectivos surcoreanos, además de importantes contingentes estadounidenses y personal procedente de once naciones integrantes del Comando de las Naciones Unidas. La operación tenía una importancia que iba mucho más allá de su dimensión simbólica. Estos ejercicios constituyen uno de los principales instrumentos mediante los cuales Washington y Seúl entrenan para responder conjuntamente ante una eventual crisis militar en la península.

El momento resulta particularmente delicado porque los mandos militares habían anunciado que esta edición incorporaría nuevas tácticas inspiradas en la experiencia adquirida por las fuerzas norcoreanas durante su cooperación militar con Rusia en la guerra de Ucrania. Pyongyang ya no es exactamente el mismo adversario militar que antes.

El régimen de Kim Jong-un ha profundizado su cooperación estratégica con Moscú hasta niveles que habrían resultado difíciles de imaginar hace apenas unos años. Corea del Norte ha enviado miles de soldados a territorio ruso para participar en el conflicto contra Ucrania y ha suministrado grandes cantidades de munición y armamento. Esa experiencia representa para las fuerzas norcoreanas una oportunidad extraordinaria para observar y participar directamente en las nuevas formas de guerra que están transformando los campos de batalla modernos.

Entre las capacidades que han adquirido especial relevancia se encuentran el empleo masivo de drones, la guerra electrónica, la interferencia de sistemas de navegación y las operaciones cibernéticas. Precisamente por eso, los ejercicios entre Washington y Seúl habían sido rediseñados para incorporar las lecciones derivadas de ese nuevo entorno bélico. La paradoja resulta evidente: mientras las capacidades militares de Corea del Norte evolucionan gracias a su cooperación con Rusia, Estados Unidos reduce parte del entrenamiento destinado a preparar a sus fuerzas y a las surcoreanas para enfrentar esa amenaza. Desde una perspectiva estrictamente militar, la contradicción resulta difícil de ignorar.

La respuesta oficial surcoreana ha sido cuidadosamente moderada. El gobierno evitó una confrontación pública con Washington y optó por señalar que estudiaría las implicaciones de la decisión. La prudencia tiene una explicación evidente. Corea del Sur depende desde hace décadas del paraguas de seguridad estadounidense. La presencia militar de Washington constituye uno de los pilares fundamentales de la disuasión frente a Pyongyang. Cualquier señal que ponga en duda la continuidad o la naturaleza de ese compromiso genera inevitablemente inquietud.

Pero el problema no es solamente militar. Lo que comienza a preocupar en Seúl es la posibilidad de que la garantía estadounidense pueda quedar condicionada a factores políticos ajenos directamente a la seguridad de la península: desde el nivel de apoyo surcoreano a las prioridades globales de Washington hasta la relación personal del presidente estadounidense con Kim Jong-un.Si esa percepción se consolida, las consecuencias podrían ser profundas.

Durante décadas, la alianza entre Washington y Seúl se construyó sobre una premisa relativamente sencilla: Corea del Sur aportaba capacidades militares y económicas, mientras Estados Unidos proporcionaba una garantía estratégica de último recurso. La nueva lógica parece ser diferente. En el esquema de Trump, las alianzas pueden estar sujetas a una negociación permanente sobre costos, beneficios y reciprocidad.

La incertidumbre ha reavivado además un debate que nunca desapareció completamente de Corea del Sur: hasta qué punto el país puede continuar dependiendo de la protección estadounidense. Ante las dudas sobre la fiabilidad del compromiso de Washington, algunos sectores políticos y académicos han vuelto a plantear la necesidad de acelerar la autonomía defensiva de Seúl e incluso de reconsiderar la posibilidad de desarrollar una capacidad nuclear propia.

El debate no es nuevo, pero adquiere una dimensión diferente cuando la propia Casa Blanca envía señales que pueden ser interpretadas como una flexibilización de su compromiso militar. La lógica de quienes defienden una mayor autonomía estratégica es contundente: si las decisiones sobre la seguridad nacional de Corea del Sur dependen en última instancia de las prioridades políticas de otro gobierno, Seúl necesita disponer de mayores instrumentos propios de disuasión.

La inclinación de Trump hacia una relación directa con Kim Jong-un tampoco es completamente nueva. Durante su primer mandato, la histórica cumbre de Singapur de 2018 abrió una etapa inédita de diplomacia presidencial entre Washington y Pyongyang. En aquel contexto, la administración estadounidense suspendió o redujo importantes ejercicios militares conjuntos, argumentando que eran costosos y provocadores. Si bien aquella decisión fue presentada como un gesto destinado a facilitar la desnuclearización de la península, el proceso diplomático terminó estancándose sin que Pyongyang abandonara su arsenal nuclear.

Ahora, la posibilidad de una nueva aproximación vuelve a aparecer sobre la mesa. La diferencia es que el contexto estratégico ha cambiado. Corea del Norte dispone hoy de mayores capacidades militares, mientras su asociación con Rusia le proporciona acceso a experiencia de combate, cooperación militar y nuevos canales de apoyo. Por ello, cualquier concesión de Washington tiene un significado estratégico mucho mayor que hace algunos años.

Corea del Norte tampoco ha ocultado su rechazo a los ejercicios conjuntos. Antes del inicio previsto de las maniobras, Pyongyang volvió a recurrir a su repertorio habitual de amenazas y lanzamientos de misiles balísticos hacia el mar. Para el régimen, los ejercicios militares estadounidenses y surcoreanos constituyen una preparación para una eventual invasión. Sin embargo, esta vez la respuesta de Washington resulta especialmente significativa.

En anteriores ocasiones, las provocaciones norcoreanas solían producir una reafirmación pública de la alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur. Ahora, en cambio, la reacción estadounidense coincide con una reducción de la presencia militar en las maniobras. Desde Pyongyang, la lectura podría ser muy diferente a la que pretende transmitir Washington.

Lo que para Trump puede ser un gesto destinado a generar confianza con Kim Jong-un podría ser interpretado por el régimen como evidencia de que la presión militar está funcionando. Y esa diferencia de percepciones es precisamente uno de los mayores riesgos de la diplomacia basada en señales personales.

El elemento ruso añade todavía más complejidad. La cooperación entre Moscú y Pyongyang ha dejado de ser una relación meramente diplomática. La participación de soldados norcoreanos en la guerra de Ucrania y el intercambio de armamento han creado un vínculo militar mucho más profundo. A ello se suma la construcción de nuevas infraestructuras destinadas a mejorar la conectividad entre ambos países, incluida la ampliación de sus corredores terrestres sobre el río Tumen.

El resultado es la aparición de un eje de cooperación que conecta directamente la seguridad europea con la seguridad del Indo-Pacífico. Cada soldado norcoreano que adquiere experiencia en Ucrania, cada sistema militar transferido y cada nuevo mecanismo logístico entre Moscú y Pyongyang tiene potencialmente consecuencias para el equilibrio estratégico de Asia. Por eso, la península coreana ya no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de la rivalidad entre las dos Coreas. El tablero se ha ampliado.

En última instancia, la decisión sobre los ejercicios militares refleja una transformación más amplia de la política exterior estadounidense. La administración Trump parece concebir las alianzas internacionales bajo una lógica mucho más transaccional: los compromisos de seguridad no necesariamente se mantienen intactos por tradición o por lealtad histórica, sino que dependen de la contribución que cada socio esté dispuesto a realizar y de su disposición a acompañar a Washington en otros escenarios. Para los aliados estadounidenses, el mensaje es incómodo.

La protección estadounidense continúa siendo un activo formidable, pero su precio político parece haber aumentado. Corea del Sur constituye un caso particularmente delicado porque su seguridad está directamente vinculada a la presencia militar estadounidense. Si esa presencia comienza a utilizarse como mecanismo de presión para obtener concesiones en otros conflictos, la naturaleza misma de la alianza empieza a cambiar. Y ese cambio puede tener repercusiones mucho más allá de la península.

Japón, Australia, Filipinas y otros socios de Washington en el Indo-Pacífico observan necesariamente lo que ocurre entre Estados Unidos y Corea del Sur. Si la alianza con Seúl puede ser reajustada en función de las prioridades coyunturales de Washington, otros gobiernos deberán preguntarse hasta qué punto sus propios compromisos de seguridad están igualmente sujetos a renegociación.

Trump parece perseguir dos objetivos simultáneos: mantener abierta la puerta de la negociación con Kim Jong-un y obligar a Corea del Sur a asumir una mayor carga dentro de la relación bilateral. El problema es que ambas estrategias pueden entrar en conflicto.

Un gesto dirigido a generar confianza con Pyongyang puede erosionar la confianza de Seúl. Una presión destinada a conseguir mayor cooperación surcoreana puede alimentar el debate sobre la autonomía estratégica. Y una reducción de los ejercicios militares puede disminuir precisamente la capacidad de preparación que Washington necesitaría si la diplomacia fracasara.

La península coreana queda así atrapada entre dos lógicas contradictorias: la diplomacia personal y la disuasión militar.Trump apuesta nuevamente por la primera. Pero Corea del Norte ha demostrado en el pasado que puede aceptar gestos diplomáticos sin renunciar a sus objetivos estratégicos. Mientras tanto, Rusia ha contribuido a transformar las capacidades militares de Pyongyang y Corea del Sur comienza a preguntarse si puede seguir depositando su seguridad en una alianza cuyo nivel de compromiso parece depender cada vez más de las prioridades del presidente estadounidense de turno.

El verdadero alcance de la decisión de Washington, por tanto, no se medirá únicamente por el número de soldados que participen en unas maniobras militares. Se medirá por la reacción de Kim Jong-un, por la confianza de Seúl y, sobre todo, por la percepción que los demás aliados de Estados Unidos extraigan de este episodio. Porque si la nueva doctrina de Washington consiste en intercambiar seguridad por reciprocidad, el mayor cambio no estará en la frontera entre las dos Coreas. Estará en la naturaleza misma de las alianzas estadounidenses. Y en Asia, donde la disuasión depende tanto de las capacidades militares como de la credibilidad de los compromisos, una duda puede ser tan peligrosa como una amenaza.

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