El Quehacer Político a través de la opinión del Lic Eden Lozano Meza desde la Cámara Alta///Cuando la lealtad termina donde empieza el fuero
Por Lic Eden Lozano Meza
En política hay decisiones legales que, aun siendo legales, pueden resultar profundamente cuestionables.
La decisión de Enrique Inzunza de abandonar el Grupo Parlamentario de Morena pero conservar su escaño en el Senado pertenece a esa categoría.
Puede revestirse de autonomía parlamentaria, decisión personal o estrategia de defensa. Pero políticamente el mensaje es brutalmente sencillo: dejar la bancada, sí; dejar el cargo, no.
Y cuando la separación ocurre precisamente en medio de cuestionamientos públicos y después de que desde su propio grupo se planteara la conveniencia de solicitar licencia, resulta imposible ignorar la pregunta que queda frente a los ciudadanos:
¿Se rompió con Morena por convicción o porque la bancada dejó de ser útil para conservar la posición política?
Días antes, Inzunza todavía estaba convocado a la plenaria de Morena del 30 de agosto. Incluso dentro de su propio grupo surgieron voces que plantearon que, en sus circunstancias, solicitarían licencia para enfrentar los señalamientos.
Pero Inzunza escogió otro camino.
No pidió licencia.
No dejó el Senado.
Dejó a sus compañeros.
Eso, políticamente, tiene un nombre: deslealtad.
Cuando el barco pesa, algunos saltan solos
Los grupos parlamentarios no existen únicamente para repartir presidencias de comisiones, lugares en órganos de gobierno, recursos, asesores, espacios administrativos o posiciones de negociación.
También significan responsabilidad colectiva.
Durante el tiempo que un legislador pertenece a una bancada obtiene fuerza política precisamente porque forma parte de ella. Negocia como integrante de ella. Obtiene posiciones por ella. Participa de decisiones construidas por ella.
Por eso resulta demasiado cómodo disfrutar las ventajas de pertenecer a un grupo cuando las cosas marchan bien y declararse independiente cuando llega la tormenta.
La lealtad política se demuestra precisamente en la adversidad.
Cuando desaparece al primer costo personal, nunca fue lealtad: fue conveniencia.
Y ése es el precedente que debería preocupar no solamente a Morena, sino al PRI, PAN, PVEM, PT y Movimiento Ciudadano.
Porque si abandonar una bancada cuando deja de resultar conveniente no tiene consecuencias políticas reales, los grupos parlamentarios terminan reducidos a simples plataformas temporales para obtener posiciones.
Se usan. Se aprovechan. Y después se abandonan.
La pregunta que nadie quiere contestar
En la entrevista concedida este miércoles, el coordinador de los senadores del PRI, Manuel Añorve Baños, fue institucionalmente cuidadoso.
Reconoció que Inzunza puede tomar esa decisión dentro de sus atribuciones.
Pero cuando se le preguntó directamente si la determinación tenía como propósito mantener el escaño y conservar el fuero, respondió que seguramente ése era uno de los alcances.
Ahí está el verdadero escándalo político.
No hace falta prejuzgar sobre responsabilidad penal alguna. Inzunza tiene derecho a la presunción de inocencia y a defenderse frente a cualquier señalamiento. Eso no está en discusión.
Lo que sí puede —y debe— cuestionarse es por qué la defensa tiene que realizarse desde una curul.
Si existe plena confianza en la inocencia, solicitar licencia permitiría enfrentar cualquier acusación sin arrastrar al Senado y sin permitir que el cargo se convierta en parte de la discusión.
Pero se eligió conservarlo.
Por eso la pregunta resulta inevitable: ¿qué tiene el escaño que resulta tan indispensable conservar?
Y detrás viene otra todavía más incómoda: ¿qué pierde realmente un senador cuando deja su bancada, si conserva aquello que verdaderamente le importa?
El fuero no fue diseñado como salvavidas
Aquí debe hacerse una precisión fundamental.
El fuero constitucional no significa impunidad ni constituye jurídicamente una declaración de inocencia.
Pero la percepción pública importa.
Y cuando un político sometido a fuertes cuestionamientos abandona a su grupo parlamentario pero conserva una posición constitucionalmente protegida, inevitablemente se alimenta la peor interpretación posible.
El Senado debería ser el primero en evitarlo.
Porque las instituciones también pierden prestigio cuando permiten que sus figuras jurídicas sean percibidas como instrumentos de protección personal.
No basta responder: “la ley se lo permite”.
La pregunta de fondo es otra: ¿es políticamente correcto hacerlo?
Legalidad y legitimidad no siempre caminan juntas.
Morena tampoco puede lavarse las manos
Sería demasiado sencillo para Morena presentar la salida de Inzunza como una decisión estrictamente personal y dar vuelta a la página.
No.
Inzunza formó parte de su bancada. Compartió decisiones. Recibió respaldo político. Ocupó espacios dentro de una mayoría que Morena construyó electoralmente.
Por eso el partido y su grupo parlamentario también deben explicar qué consecuencias tendrá su separación.
Si conserva posiciones obtenidas por su pertenencia a Morena, el mensaje será todavía peor.
Porque entonces abandonar una bancada resultaría gratuito.
Se podría recibir todo de un grupo político, romper con él cuando llegue la crisis y conservar después los beneficios obtenidos gracias a esa pertenencia.
Eso convertiría la disciplina parlamentaria en una ficción.
Los grupos deben entender la dimensión del precedente.
Hoy le ocurre a Morena. Mañana puede sucederle a cualquiera.
Una curul no puede convertirse en trinchera personal
El Senado representa al pacto federal.
No debería funcionar como refugio político de nadie.
Las curules existen para legislar, controlar al poder, representar a las entidades federativas y participar en las decisiones constitucionales del Estado mexicano.
No para resolver problemas personales. No para administrar crisis individuales.
Mucho menos para que un legislador pueda decirle a su bancada “hasta aquí llegamos”, mientras continúa sentado en una posición cuyo peso político obtuvo, en buena medida, precisamente gracias a esa fuerza partidista.
Eso degrada la representación política.
Y explica buena parte del desprestigio que enfrenta el sistema de partidos.
Los ciudadanos observan cómo algunos políticos cambian de bancada, rompen alianzas o descubren súbitamente su “independencia” justo cuando las circunstancias dejan de favorecerlos.
Después nos preguntamos por qué la gente desconfía del Congreso.
La respuesta está frente a nosotros.
No basta con cambiar de asiento
Enrique Inzunza puede cambiar de lugar en el salón.
Puede dejar de asistir a reuniones de Morena.
Puede declararse senador independiente.
Puede modificar su relación política con quienes hasta ayer eran sus compañeros.
Pero ninguna de esas decisiones borra las preguntas. Al contrario. Las multiplica.
Porque separarse de Morena no resuelve el problema político.
Simplemente permite conservar el escaño sin cargar formalmente las siglas de Morena.
Y eso puede beneficiar a la bancada. Puede beneficiar al senador.
Pero no necesariamente beneficia a la credibilidad del Senado.
El precio de la deslealtad
Morena pierde un integrante.
Inzunza pierde una bancada.
Pero el Senado corre el riesgo de perder algo mucho más importante: credibilidad.
Porque cuando la sociedad percibe que los partidos sirven para llegar, las bancadas para obtener posiciones y la independencia para conservarlas cuando vienen tiempos difíciles, el mensaje que recibe es devastador.
Que los principios son negociables. Que las lealtades tienen fecha de caducidad. Que los compromisos duran mientras convienen. Y que el último refugio siempre será el cargo.
El nuevo periodo ordinario comenzará el primero de septiembre.
Habrá discursos sobre democracia, instituciones, Estado de derecho y responsabilidad pública.
Antes de pronunciarlos, el Senado debería resolver una pregunta elemental:
¿Qué valor tiene la palabra empeñada dentro de un grupo parlamentario?
Porque si abandonar a quienes te llevaron políticamente hasta ahí no tiene costo, si romper con una bancada permite conservar intacta la posición y si la lealtad termina exactamente donde comienza el interés personal, entonces el problema ya no es Enrique Inzunza.
El problema es un sistema político que permite convertir las siglas en escalera, la bancada en instrumento y la curul en salvavidas.
Y eso sí debería preocupar a todos.
Porque los partidos pueden recuperar un voto.
Los grupos parlamentarios pueden recomponer sus números.
Pero una vez perdida la confianza ciudadana, ningún fuero puede protegerlos.
