El Quehacer Político en el Deporte a través del Arco a la Tribuna en la opinión de Alberto del Arco Méndez///De cuando el futbol dejó de ser el deporte del pueblo (o, de cómo la FIFA nos vendió el balón y el aire para inflarlo)
Por Alberto del Arco Méndez
Analista deportivo titular del programa “Del arco a la tribuna”
Existen diversas historias que aseguran que el futbol nació en los barrios, sobre asfalto agrietado o pasto seco, en los llanos cercanos a fábricas, minas o estaciones de ferrocarril, donde se juntaban obreros, campesinos o estudiantes, allá en donde dos mochilas hacían de portería y la única regla inquebrantable era que el dueño del balón decidía cuándo terminaba el partido.
Hoy desde las torres de cristal en Zúrich, la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) ha tomado ese mito, lo ha empaquetado al vacío, le ha colocado un holograma de autenticidad, un código QR de acceso dinámico y nos lo revende en cómodas mensualidades con un interés que haría sonrojar a un usurero medieval.
La FIFA ha dejado de ser el organismo rector de un deporte para convertirse en un conglomerado hipercapitalistacuyo verdadero gol de oro es la monetización del suspiro. En su insaciable ambición de lucro, la institución no solo ha transformado las reglas del juego; ha mutado la antropología misma del espectador. El futbol ya no pertenece al pueblo. Ha sido expropiado, gentrificado y transformado en un exclusivo espectáculo de variedades para élites financieras, celebridades de alfombra roja e influencers que confunden un fuera de lugar con una tendencia de TikTok.
Hubo un tiempo en que ir al estadio era un ritual intergeneracional. El abuelo llevaba al nieto, se compartían semillas y se sufría en comunión sobre gradas de concreto que destrozaban la columna pero templaban el alma. Intente usted hacer eso hoy en un torneo oficial de la FIFA sin tener que hipotecar su casa o vender un órgano no vital en el mercado negro.
El costo de las entradas para los torneos insignia ha alcanzado cotas de absoluto delirio. La FIFA justifica estos precios bajo el sofisticado concepto corporativo de la “experiencia premium” y la “gestión dinámica de la demanda” (que en el idioma de los mortales significa: “vamos a ver cuánto más podemos exprimirles antes de que queden en la indigencia”). Los boletos para las fases decisivas ya no se miden en pesos o dólares corrientes, se miden en meses de salario mínimo.
El resultado es un vacío estético y cultural en las tribunas. Los estadios modernos ya no retumban con el cántico desgarrado del obrero que busca catarsis tras una semana de explotación; ahora se llenan de un público educado, corporativo, que busca imitar de formas más recatadas las expresiones de pasión, mientras consume una botana convencional a precios del restaurant mas caro de la ciudad. La pasión ha sido sustituida por el networking. La FIFA ha logrado la hazaña de transformar los estadios en sucursales de Wall Street con pasto natural.
Si usted piensa que la voracidad de la FIFA se limita al dinero físico, subestima el alcance de sus departamentos legales. La obsesión por capitalizar cada átomo del universo futbolístico los ha llevado a implementar una suerte de dictadura lingüística y semántica a través de la propiedad intelectual.
Intentar armar una campaña publicitaria local, organizar un torneo de barrio o incluso pintar la fachada de una panadería familiar usando las palabras mágicas “Copa del Mundo”, “Mundial” o “EUA/México/Canadá 2026” es el equivalente moderno a invocar al demonio en un convento. Los abogados de la FIFA, entrenados con la ferocidad de un dóberman y la empatía de una piedra, caen sobre los pequeños comerciantes con demandas multimillonarias por “emboscada de marketing”.
Esta paranoia corporativa llegó al absurdo de perseguir y registrar marcas, conceptos y personajes que desafían el sentido común. El caso folclórico del intento de apropiación o restricción de uso sobre figuras populares (como las disputas simbólicas en torno al “Pato Merlín” en el imaginario colectivo de ciertas regiones de Latinoamérica durante promociones mundialistas) demuestra que para la FIFA, la naturaleza misma debería pagar regalías.
No sería extraño que en el próximo congreso de Zúrich se apruebe una resolución para registrar el derecho de autor sobre la trayectoria parabólica de un objeto esférico o el color verde del césped. Si respiras cerca de un estadio oficial, asegúrate de que el aire no esté patrocinado por una marca de refrescos coreana.
La maquinaria del lucro no descansa entre torneos. Cada cuatro años es un plazo demasiado largo para una junta de accionistas hambrienta. Por ello, la FIFA se ha inventado una cantidad industrial de nuevos formatos y expansiones que amenazan con saturar el calendario hasta el colapso biológico de los futbolistas. ¿Un Mundial con 32 equipos? Muy poco. ¡Subamos a 48! ¿Un Mundial de Clubes cada cuatro años con formato extendido? Por supuesto, todo sea por el “desarrollo del juego” (léase: derechos de televisión y contratos de patrocinio en Medio Oriente).
Esta sobresaturación ha diluido la mística. El futbol solía ser un evento de escasez; esperábamos cuatro años con el corazón en un hilo. Ahora, la FIFA nos satura con un bucle infinito de partidos de plástico, jugados en estadios con aire acondicionado en medio del desierto o en metrópolis hipergentrificadas, donde lo que menos importa es el balón y lo que más importa es el Fan Zone, las aplicaciones oficiales de apuestas y los criptoactivos de fidelidad.
La ironía máxima de esta obsesión por capitalizar todo es que destruye el producto que intenta vender. Al expulsar al aficionado tradicional (ese que viaja en autobús, que se pinta la cara con pintura barata y que grita hasta quedarse afónico), la FIFA está matando el alma del espectáculo. El ambiente eléctrico que las televisoras venden a precio de oro está desapareciendo, reemplazado por un murmullo apático de turistas de lujo que miran el partido a través de la pantalla de sus teléfonos móviles mientras graban un blog.
El diagnóstico desde las ciencias sociales y la crítica deportiva es unánime y doloroso: la FIFA ha perpetrado el mayor despojo cultural del siglo XXI. Le ha quitado el futbol al pueblo para entregárselo a los fondos de inversión soberanos y a las marcas de tarjetas de crédito. Han convertido un deporte que requería únicamente cuatro piedras y una pelota de trapo en una experiencia de lujo inaccesible para la mayoría de los habitantes del planeta.
Sin embargo, el futbol posee una cualidad indomable. Mientras un niño siga pateando una lata en una calle de favela, o un grupo de amigos se reúna a insultar amigablemente al árbitro en una liga dominical, el verdadero futbol resistirá fuera del alcance de los tentáculos de Zúrich. La FIFA puede poseer las marcas registradas, los estadios de mil millones de dólares y el mismísimo Pato Merlín si se lo proponen; pero la alegría irracional de un gol en el último minuto bajo la lluvia, esa, afortunadamente, todavía no la pueden cotizar en la bolsa de valores.
