Por Carolina Alonso Romei
Internacionalista
Después de más de dos décadas de negociaciones intermitentes, avances frustrados y retrocesos políticos, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur se encuentra nuevamente al borde de su firma, convertido no solo en un tratado comercial sino en un símbolo de las tensiones estructurales que atraviesan el sistema internacional contemporáneo. En un mundo marcado por la fragmentación del comercio global, la rivalidad entre grandes potencias y el cuestionamiento creciente a la globalización tal como fue concebida en las décadas anteriores, este acuerdo emerge como una apuesta estratégica que va mucho más allá de la reducción de aranceles. Para Europa, representa la posibilidad de reafirmar su rol como actor geoeconómico relevante; para el Mercosur, una oportunidad de inserción más estable en los mercados de alto valor agregado. Sin embargo, también expone profundas asimetrías, resistencias internas y dilemas políticos que explican por qué, aun hoy, su concreción sigue siendo incierta.
El acuerdo de asociación entre la Unión Europea y el Mercosur busca crear una de las mayores zonas de libre comercio del mundo, integrando a dos regiones que en conjunto representan cerca de una cuarta parte del producto bruto global y un mercado potencial de más de setecientos millones de personas. En términos generales, el tratado contempla la eliminación progresiva de la mayoría de los aranceles sobre bienes industriales, agrícolas y servicios, además de establecer marcos de cooperación en áreas como compras públicas, propiedad intelectual, estándares sanitarios, sostenibilidad ambiental y resolución de disputas. Desde la perspectiva europea, el acuerdo abre el acceso preferencial a economías sudamericanas con una clase media en expansión, permitiendo a empresas europeas competir en mejores condiciones frente a actores asiáticos y norteamericanos que ya han avanzado significativamente en la región. Desde el lado del Mercosur, el tratado ofrece un acceso más estable y previsible a uno de los mercados más ricos y regulados del mundo, lo que podría traducirse en mayores exportaciones, inversiones y transferencia tecnológica.
Para la Unión Europea, los beneficios económicos del acuerdo son claros en varios sectores. La industria manufacturera europea, especialmente en áreas como automoción, maquinaria, productos farmacéuticos, químicos y bienes de capital, se beneficiaría de la reducción de aranceles que actualmente encarecen su entrada en los mercados sudamericanos. También el sector de servicios, particularmente en finanzas, telecomunicaciones y logística, encontraría nuevas oportunidades en economías que buscan modernizar sus estructuras productivas. A nivel estratégico, el acuerdo permitiría a Europa diversificar sus socios comerciales en un contexto de creciente dependencia de China y de relaciones cada vez más volátiles con Estados Unidos. En un escenario internacional donde el comercio se ha convertido en un instrumento de poder, Bruselas percibe el pacto con el Mercosur como una herramienta para fortalecer alianzas con democracias emergentes y consolidar su influencia en América del Sur.
Para los países del Mercosur, el atractivo del acuerdo radica principalmente en el acceso preferencial al mercado europeo para sus exportaciones agrícolas y agroindustriales, sectores en los que poseen claras ventajas comparativas. Productos como carne bovina, aves, azúcar, etanol, soja y derivados encontrarían condiciones más favorables para ingresar a la Unión Europea, aunque bajo cuotas y regulaciones específicas. Además, el acuerdo podría incentivar flujos de inversión extranjera directa hacia la región, especialmente en infraestructura, energía y manufactura, contribuyendo a la modernización productiva y a una mayor integración en cadenas globales de valor. En un contexto de alta volatilidad macroeconómica y dependencia de pocos socios comerciales, el vínculo con la Unión Europea ofrece al Mercosur una fuente de estabilidad relativa y una alternativa a la creciente gravitación de China.
No obstante, estos beneficios potenciales conviven con una serie de costos y riesgos que explican la fuerte resistencia política que el acuerdo genera, especialmente dentro de la Unión Europea. El punto más sensible es, sin duda, el impacto sobre el sector agrícola europeo. Agricultores de países como Francia, Polonia, Irlanda, Bélgica e Italia han advertido que la entrada de productos agropecuarios sudamericanos, producidos a gran escala y con costos significativamente más bajos, podría ejercer una presión considerable sobre los precios internos y poner en riesgo la viabilidad de miles de explotaciones familiares. Estas preocupaciones se ven amplificadas por la percepción de que los referentes ambientales, sanitarios y laborales del Mercosur no son equivalentes a los exigidos dentro de la Unión Europea, lo que generaría una competencia considerada desleal por amplios sectores rurales.
La cuestión de los estándares es uno de los nudos centrales del debate. Mientras la Unión Europea ha avanzado en regulaciones cada vez más estrictas en materia de uso de pesticidas, bienestar animal, trazabilidad y sostenibilidad ambiental, muchos de estos requisitos no se aplican de la misma manera en los países del Mercosur. Para los críticos del acuerdo, esto implica que los productores europeos estarían obligados a cumplir normas costosas mientras compiten con importaciones que no enfrentan las mismas exigencias. Aunque la Comisión Europea ha insistido en que el acuerdo incluye compromisos ambientales y cláusulas de sostenibilidad, persiste un escepticismo profundo sobre su efectividad real y sobre la capacidad de hacerlos cumplir en la práctica.
A estas tensiones se suman las dudas sobre los mecanismos de salvaguardia propuestos por Bruselas para proteger a los sectores más vulnerables. Si bien el acuerdo contempla instrumentos para limitar importaciones en caso de perturbaciones graves del mercado, varios gobiernos consideran que estos mecanismos son demasiado lentos, complejos o políticamente difíciles de activar. En un contexto de creciente movilización social del sector agrícola en toda Europa, la percepción de que las protecciones son insuficientes se ha convertido en un factor político de primer orden.
Es en este escenario donde se inscribe la posición de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, cuya reticencia a respaldar la firma inmediata del acuerdo ha adquirido un peso decisivo. Meloni no ha rechazado el acuerdo de manera categórica ni ha cuestionado su lógica estratégica general. Por el contrario, ha reconocido en varias ocasiones que el tratado puede representar una oportunidad para la economía europea y para Italia en particular, especialmente en sectores industriales y exportadores. Sin embargo, ha sido clara al afirmar que firmarlo en las condiciones actuales sería prematuro, argumentando que las garantías ofrecidas para proteger al sector agrícola italiano y europeo no son aún suficientes.
La postura de Meloni responde tanto a consideraciones económicas como políticas. Italia cuenta con un sector agrícola fragmentado, altamente simbólico y con fuerte capacidad de movilización, que ha expresado su oposición frontal al acuerdo. Organizaciones agrícolas influyentes han advertido que la apertura a productos del Mercosur podría afectar gravemente a productores de carne, cereales y otros rubros sensibles. Para un gobierno que se apoya en una base electoral conservadora y en regiones rurales donde la identidad productiva tiene un peso político significativo, ignorar estas preocupaciones implicaría un riesgo considerable.
Al mismo tiempo, la posición italiana refleja una estrategia de negociación más amplia. Al demorar su apoyo, Meloni busca reforzar la presión sobre la Comisión Europea para obtener salvaguardias más claras, fondos de compensación más robustos y compromisos más explícitos en materia de reciprocidad regulatoria. En este sentido, su postura no debe interpretarse necesariamente como un rechazo definitivo, sino como un intento de maximizar concesiones antes de dar luz verde a un acuerdo que, una vez firmado, será difícil de modificar.
La indecisión italiana, junto con las reservas expresadas por otros Estados miembros, ha generado frustración tanto en Bruselas como en las capitales del Mercosur. Desde la perspectiva sudamericana, la demora europea refuerza la imagen de una Unión Europea atrapada en sus propias contradicciones internas, incapaz de traducir su discurso a favor del multilateralismo en decisiones concretas. Existe el riesgo de que una prolongación excesiva de la incertidumbre lleve a los países del Mercosur a priorizar acuerdos alternativos con otras potencias, debilitando la influencia europea en la región.
En última instancia, el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur es mucho más que un tratado comercial. Es una prueba de la capacidad de ambas regiones para adaptarse a un orden internacional en transformación, donde la apertura económica ya no puede separarse de las demandas de protección social, sostenibilidad ambiental y legitimidad política interna. Para Europa, el desafío consiste en conciliar su ambición geopolítica con las preocupaciones legítimas de sectores que se sienten amenazados por la competencia global. Para el Mercosur, el reto es aprovechar la oportunidad de integración sin profundizar dependencias estructurales ni sacrificar márgenes de desarrollo propio.
El desenlace del acuerdo dependerá, en gran medida, de si los líderes europeos logran construir un consenso político que reconozca tanto los beneficios estratégicos del pacto como la necesidad de mecanismos de protección creíbles. En ese equilibrio frágil se juega no solo el futuro del acuerdo UE–Mercosur, sino también la credibilidad de Europa como actor capaz de liderar en un mundo donde el comercio vuelve a ser, inevitablemente, un campo de disputa política.
